miércoles, 20 de enero de 2016

¿Un mundo cíclico?

«Era costumbre en los antiguos Persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su Rey, a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligase a ser más fieles a su sucesor»
Así comenzaba el Manifiesto de los Persas, la reaccionaria proclama que los diputados partidarios de abolir la Constitución de Cádiz dirigieron a Fernando VII, deseosos de volver al absolutismo.

Quienes ven que sus anteriores privilegios son puestos en cuestión creen, y sobre todo quieren hacer creer, que hay que volver a lo malo conocido, porque es peor lo bueno por conocer.

Este imaginario inmovilista, sin llegar a los extremos de la teoría mecanicista del eterno retorno, con una repetición idéntica del tiempo pasado, se parece a ella porque considera que, básicamente, los ciclos históricos se repiten. A un ciclo de expansión o de progreso sigue necesariamente uno de contracción y regreso, por lo que el fin de un ciclo deja sin esperanza de cambiar la sociedad, que vuelve a una situación, si no idéntica, muy semejante.

Pretenden así cerrar la puerta que conduce a otro futuro diferente, transformándola en la puerta del infierno en la que se abandona toda esperanza.

Pero, ¿qué ocurre si el esperado nuevo ciclo de normalidad no es tal, y la puerta abierta a ese infierno relativamente soportable de resignación se torna en otra detrás de la cual sólo se halla la pared cerrada del colapso?

Ya no se trata de desesperar de un mundo mejor, sino de evitar otro mucho peor.

Si comprendemos esto tal vez reaccionemos, como el raposo de este Exemplo XXIXº de El conde Lucanor, que hace el relato «de lo que contesçió a un raposo que se echó en la calle et se fizo muerto».

Es una táctica propia de algunos animales (no lo es de los zorros, pero ha salvado la vida a algunos humanos). En este ejemplo, tras una de sus correrías nocturnas, el amanecer sorprendió al raposo, sin que tuviera tiempo para escapar y esconderse, y el muy zorro se hizo el muerto. Quienes lo vieron así lo creían y pasaban de largo, pero algunos quisieron aprovechar sus despojos. Aguantó estoicamente que los que pasaban le arrancasen el pelo o le sacaran uñas y dientes. Hasta que el riesgo fue directamente perder la vida:
Et después, a cabo de otra pieça, vino otro que dixo que el coraçón del raposo era bueno para’l dolor del coraçón, et metió mano a un cochiello para sacarle el coraçón. Et el raposo vio quel’ querían sacar el coraçón et que si gelo sacassen non era cosa que se pudiesse cobrar, et que la vida era perdida et tovo que era mejor de se aventurar a quequier quel’ pudiesse venir, que sofrir cosa porque se perdiesse todo. Et aventuróse et puñó en guaresçer et escapó muy bien.
Si pugnamos en protegernos también podremos escapar, pero si nos empeñamos en seguir capeando el temporal con la confianza de que este ciclo malo pasará perderemos un tiempo precioso.

Ahora no se trata perder el pelo, pero sí de conservar las uñas y dientes. Porque este fin de ciclo, en las condiciones actuales de degradación planetaria, puede ser el ciclo final.

¡No hagamos más el muerto y luchemos por la vida!



















Rebelión
(...)


El fin de ciclo forma parte del smart power que diseñaron los think tanks gringos para desestabilizar la legitimidad de los procesos que se habían venido desencadenando a principios del nuevo siglo. Hacerlos aparecer como una aventura episódica formaba parte de la desarticulación de la conciencia popular que estaba promoviendo un nuevo sentido común en torno a la recuperación de soberanía y mayor democratización económica en los países del ALBA. Esto repercutió hasta en el primer mundo y, como en el pasado, ha sido muestra de que fue siempre esta parte del mundo la que transmitió ideales emancipatorios incluso a la misma Europa. La orquestación de esta última narrativa forma parte de la estrategia geopolítica de la especulación financiera contra las economías emergentes (por eso los nuevos tratados comerciales son más despiadados y, por ello mismo, precisan demoler toda aspiración popular para, de ese modo, arrasar con todo lo que queda (pues lo que queda no es mucho y los pobres salen sobrando en las apuestas del capital global).

La estrategia es clara; ante una reconfiguración del tablero geopolítico, todo se trata de sobrevivir y, si es posible, en las mejores condiciones. La apuesta de las burguesías de Brasil y Argentina van en ese sentido, pues los nuevos tratados comerciales que diseña USA para frenar la hegemonía china, supone aperturar el mercado continental al Pacífico, lo cual implica una lucha de mercados que disminuye el margen de acción de los actores latinos, quienes, gestionando mayor participación y viendo sólo lo inmediato, no hallan más opción que aliarse al gran capital que, a través de las transnacionales, es quien dictamina los contenidos de los tratados que, en su mayoría, son firmados a espaldas de los pueblos.

El gran capital sólo puede garantizar un nuevo ciclo de acumulación global sobre la derrota absoluta de los pobres, lo cual significa hoy la derrota de la humanidad y del planeta. Por eso la nueva plusvalía que produce el capital consiste en la acumulación del fracaso histórico que promueve una transferencia resignada de voluntad de vida; el capital no es sólo un proceso de valorización del valor sino de transferencia sistemática de voluntad. Un individuo fracasado no tiene voluntad y su único afán se reduce a sobrevivir, no importa cómo; lo que promueve ahora el capital es la atomización de las expectativas, de modo que éstas se circunscriban exclusivamente a mezquinas opciones de pueril sobrevivencia (la lucha de todos contra todos es necesaria para el desarrollo del capital, por eso las guerras se convierten en magnificas oportunidades de nuevos procesos de acumulación). En estas condiciones no puede haber historia, tampoco política, porque si el ser humano no es creador de acontecimientos tampoco puede siquiera imaginar proyectos de expectativas comunes.

Entonces, la estrategia actual de acumulación global de capital y su actual narrativa, confirma la clarividencia de los poderes fácticos ante la interpelación que los pueblos indígenas han originado en este nuevo siglo: otro mundo es no sólo posible sino más necesario que nunca. Hace poco, Charles Krauthammer, en el Washington Post, de modo enfático señalaba que, desde la caída de la URSS, “algo nuevo había nacido, un mundo unipolar dominado por un único súper-poder sin rival alguno y con un decisivo alcance en cada rincón del planeta. Un nuevo escenario que aparece en la historia, jamás antes visto desde la caída del imperio romano. Es más, ni siquiera Roma es modelo de lo que es hoy USA”. Esto expresa la doctrina Wolfowitz como primer objetivo de la política exterior gringa: prevenir cualquier ascenso de un nuevo rival, ya sea en la ex URSS o en cualquier otro lado; de ese modo asegurar el dominio de regiones cuyos recursos puedan, bajo control, consolidar el poder global.

Esto quiere decir que el poder es también una cuestión de percepción. USA hace de su percepción la plataforma de propaganda global que moldea la despolitización global como el terreno para imponer un mundo sin alternativas. Ya no se trata sólo de desmovilizar a la gente sino de abandonarla en la inacción total (lo cual también se logra manteniéndole ocupado, por eso el trabajo se realiza ahora bajo presión; los individuos creen superar sus problemas sumergiéndose en sus trabajos, pero lo único que logran es alienarse de sí mismos y que la fuerza requerida para recomponer sus vidas sea transferida a la reproducción del capital). Esto quiere decir que, cuanto más se valoriza el valor, más voluntad de vida se nos expropia. El capital es ahora el creador y el ser humano su creatura. Hacerlo a su imagen y semejanza significa constituirlo en capital humano. Por eso hasta en sus sueños no puede haber otra cosa que acumulación. La invasión de los sueños es una política del mercado total; si se puede moldear los sueños y las expectativas entonces no hay lugar para el espíritu utópico y sin éste no puede haber política.

Ese es precisamente el fin de toda narrativa del fin: acabar con el espíritu utópico. Pero la utopía es condición humana; sin esperanzas, sueños o utopías, no puede haber existencia humana y, en consecuencia, tampoco historia. Por eso la narrativa del fin de ciclo no es otra cosa que la reposición de aquella otra, que nos imponía el fin de la historia. Ambas se diseñan para desacreditar toda posible alternativa y, de ese modo, imponernos un mundo sin alternativas.

Un mundo sin alternativas es el paraíso neoliberal. Por eso, ante la narrativa del fin de ciclo, debemos oponer otra: el fin de siglo. Porque el ciclo no era ciclo y lo que parecía una continuidad en la regularidad cíclica del capital era, en realidad, una ruptura epocal. Para ingresar a una nueva época, era necesario dejar atrás el siglo de oro del capitalismo y, paradójicamente, también, el siglo de la izquierda. Por eso los siglos no terminan o acaban en las fechas; si no hay capacidad histórica para ingresar a una nueva época, entonces son los eventos los que condenan aquella incapacidad (Europa ingresa dramáticamente al siglo XX con la primera guerra; su no adecuación a las nuevas circunstancias da lugar al surgimiento de un nuevo poder que se impone definitivamente en la segunda guerra).

(...)

El mundo está cambiado radicalmente, pero las percepciones continúan moldeando estos cambios bajo esquemas ortodoxos. Los economistas perciben, por ello, sólo lo que el capital permite percibir: que esta crisis no es sino uno más de los ciclos acostumbrados del capital. Por eso también, a nivel global, se posponen decisiones apremiantes ante la crisis climática y se insiste en una confianza hasta cándida en el mercado y el capital. El mundo moderno ha producido una suerte de servidumbre voluntaria a fetiches que deciden sobre la vida y la muerte como auténticos dioses.

Los gobiernos de izquierda, incapaces de generar un nuevo espíritu utópico, porque no pueden superar su siglo de referencia, tampoco pueden asumir los desafíos que conlleva un tránsito hacia un nuevo horizonte, que es lo que viene proponiendo el nuevo sujeto de una política trans-moderna. Todos los análisis geopolíticos insisten que el mundo está experimentando una transición civilizatoria, lo cual significa implícitamente que el mundo moderno y su disposición antropológica y geopolítica centro-periferia está por concluirse. Esta situación es la que avizoran los think tanks del primer mundo y, por ello mismo, son los más interesados en preservar la provinciana percepción imperial como “realismo político”. La cuestión es que si no hay alternativas, entonces lo único que nos queda es defender lo que hay como lo único posible. Pero lo que hay es lo que nos está conduciendo, a la humanidad y al planeta, a la imposibilidad de la vida. Entonces, cambiar de percepción ya no es cuestión de pareceres sino de apuesta vital.
(...)

1 comentario:

  1. La vida, la Historia, el mundo...son bastante cíclicos, si, los acontecimientos se "repiten" con cierta frecuencia. Y si entramos en elucubraciones como el eterno retorno y, en cierto modo, la reencarnación...

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